Falta de entendimiento y de respuestas.

Por Marcelo Ramírez

La crisis social y económica recién empieza, el 26,4% de caída de la economía argentina en abril es la muestra de ello.

En su momento planteamos desde este lugar que era acuciante la necesidad de preparar al país para una economía de guerra en la cual se mantenga la producción de bienes y servicios esenciales mientras el resto de la sociedad se mantiene aislada con un aporte del Estado para que se pueda sostenerse así.

Pero para una solución de este tipo es necesario despojarse de las ideas liberales monetaristas sobre el déficit del Estado y la impresión de moneda y se comprenda que el problema hoy es la parálisis económica propia de un desplome económico de una magnitud sin precedentes, donde se combina la situación interna y la externa en una simbiosis de tintes apocalípticos.

Pensar que el problema de la situación en la que estamos es por la imposición por la cuarentena es autoengañarse, el problema comienza con la herencia que el ex presidente Mauricio  Macri deja con una economía destrozada y la tibieza, cuando no continuidad, de Alberto Fernández, quien no aborda problemas básicos como la dolarización de las tarifas de servicios públicos, la caída del poder adquisitivo y la timba financiera eterna de la Argentina, sin establecer tampoco mecanismos exitosos de contención social excepto un aporte al menos inoportuno de 18 mil millones de pesos para sostener el negocio de la violencia de género que señala Erin Pizzey.

Abrir la economía no cambiaría significativamente la realidad. Naciones como Suecia, Brasil, EE.UU. o Reino Unido son fieles testigos de que el miedo a la enfermedad junto con los problemas económicos y financieros derivados del mismo y las dificultades preexistentes han sido suficientes para arrasar con la economía mundial.

El derrumbe económico de abril es lo natural entonces, y por eso los reclamos para darle tiempo al gobierno que recién asumía eran equivocados, no era cuestión de que se necesitaba más tiempo sino de que el rumbo estaba equivocado.

El contexto internacional indica que la pandemia sigue y nos acompañará al menos un año más, siempre con la amenaza de rebrotes como el que estamos empezando a presenciar, y que la desacreditada OMS señala como preocupante trazando un paralelismo con la Gripe Española que luego de una primera etapa relativamente benigna, una segundo oleada causó 50 millones de muertos.

La economía se derrumba en el mundo, el sistema financiero cruje por las deudas acumuladas que cada día se aprecian como más imposibles de cumplirse, todo en medio de un EE.UU. que se desliza hacia una inestabilidad social fruto de la lucha interna que puede derivar en disturbios generalizados y hasta una guerra civil, y la amenaza latente de más problemas sanitarios que nos conducen hacia una realidad que por varios años más será cada día peor.

La globalización en caída libre indica que vamos hacia un cambio de sistema, un capitalismo agotado ante la imposibilidad de seguir su expansión muta hacia algo diferente y en medio de esa crisis entre un sistema viejo que muere y uno nuevo que pugna por nacer, la pandemia se conforma como el catalizador de este proceso.

Indicios como el estallido social que se extendió por Europa a causa de la muerte de Floyd señalan que hay algo más no visible a simple vista, hay intereses significativos para que se desestabilice el proceso de un cambio no traumático que llevó a Trump a la presidencia de EE.UU. para desmantelar las organizaciones globalistas y sus principales herramientas como los tratados de libre comercio, claves en la globalización, los anuncios de retiros de tropas dejando el papel de gendarme mundial de EE.UU., los ataques hacia la OTAN y el papel de los hasta ahora aliados europeos han sido suficientes para desatar un contragolpe mundial y la desfinanciación de las políticas de género.

No sabremos si la covid-19 fue una enfermedad causada ex profeso o si ha sido casualidad, pero su aparición seguida por los disturbios sociales se parecen  mucho a un contragolpe del Deep State asociado al globalismo financiero para evitar un  cambio de modelo que les recorte su poder.

Dicen que las casualidades en la geopolítica no existen, y solo responden a la voluntad de alguien.

Por ello la lectura local sobre lo que sucede en el mundo es alarmantemente torpe, la idea de cerrar un acuerdo con acreedores de fondos especuladores es anacrónica porque esos fondos responden a un modelo que está muerto, y aún si creyéramos que no es así, es obvio con más de medio centenar de naciones con el mismo problema, Argentina será el caso testigo sobre el cual el resto se reflejará.

Existe la necesidad de detener la ola de nieve  que generaron los instrumentos financieros, ya sea porque el globalismo financiero  sabe que esto llegó a su fin e intenta aprovechar la situación para un megaestallido mundial que les permita comprar a precio de saldo lo poco interesante que queda y reconfigurar el mundo hacia un nuevo modelo y más reducido, como así también los sectores productivistas que se le oponen y no pueden ni quieren seguir sosteniendo un esquema parasitario como el generado por el mundo financiero.

Ambos caminos conducen a un mismo punto que es el agotamiento de un modelo desgastado y al recambio por otro aún en disputa. ¿qué puede llevar a hacernos pensar que las deudas externas de los países no terminarán por ser parte de ese reajuste? ¿cuál es el apuro para pagar una deuda en estas condiciones cuando sabemos que no llegarán inversiones de ningún tipo a la Argentina en este contexto mundial?

No se comprende entonces que se paralice cualquier programa económico a la espera de la resolución de la deuda externa, solo se explica por un mundo de tecnócratas que no comprenden ni de lejos la cuestión geopolítica y un sector político que tampoco comprende un mundo que le es ajeno y le causa desinterés.

La sola idea de tener un Canciller que es un ingeniero agrónomo sin experiencia en temas internacionales en una situación extremadamente delicada y volátil demuestra la habitual carencia de importancia que la Argentina le da a la cuestión internacional, nunca comprendiendo que lo que sucede internamente es el resultado de los procesos globales.

Esta situación nos lleva entonces a una posición en la que somos parte de ese juego político y tomamos partido por un bando sin saber al menos. El globalismo cultural se refleja en la política del gobierno nacional y de la propia oposición, como lo atestigua la insistencia insólita con las políticas de género cada vez más omnipresentes cuando internacionalmente crece la resistencia y nuestros hipotéticos aliados como son Rusia y China se enfrentan a ella.

Y si aún no fueran estos los aliados o socios y queremos seguir en la esfera de EE.UU., igualmente es totalmente absurdo cuando se quiere agradar a Donald Trump para que nos apoye sin comprender que esos sectores de género responden a los enemigos internos de Trump, quienes lo quieren derrocar abiertamente.

¿Cómo pedirle a Trump que nos ayude a resolver el tema de la deuda mientras se insiste en alinearse con los mismos sectores que se levantan en EE.UU. contra Trump y lo quieren expulsar del poder? 

Todo tiene una lógica, el globalismo cultural necesita avanzar sobre la soberanía de los Estados y para ello ha trabajado pacientemente en construir una subcultura que rompa con los moldes tradicionales y les permita avanzar con su objetivo de una sociedad “abierta” que permita el libre flujo de capitales.

La falta de fronteras y de Estados que estropean negocios con sus regulaciones es la clave de entender por qué hoy vemos la activa participación de las grandes corporaciones en la imposición de estas políticas de género que aparentemente no tendrían ninguna relación, más aún, serían inconvenientes en sus esquema de llegada al conjunto de la población. 

Claro, por supuesto, que solo alguien que crea que las multinacionales y la Banca internacional se interesan por los derechos de las personas y su felicidad, podría creer en la nobleza de sus intenciones.

La actual deriva de los acontecimientos mundiales robustece esta unidad, las redes sociales son presionadas para que censuren material que se toma como políticamente incorrecto y las corporaciones financieras como VISA empiezan a pensar en sistemas de puntuaciones que castiguen a aquellos que tengan discursos de odio, como llaman a quien no acepta sus verdades. 

La presión entonces de este sector crece, la lucha se extrema y los bandos están enfrentados en una lucha a muerte donde solo uno puede sobrevivir. Sus posiciones al fin se hacen visibles porque la dinámica de los acontecimientos fuerza las definiciones y la crisis de su enfrentamiento se refleja en el desplome económico y en la tensión social que crece de la mano de los grupos cuyo mascarón de proa es el mítico Soros, enemigo declarado de Putin y de Trump.

Nuestro gobierno carece de esta lectura básica, no comprende qué sucede en el mundo, no avizora los cambios y no duda en consecuencia en alinearse ferozmente  con el bando probablemente perdedor, pero que aún si resultara ganador, sus esfuerzos, es decir, los nuestros, serán recompensados porque su objetivo es  la destrucción para una futura reconstrucción adaptada a las necesidades emergentes nuevas, con tecnología que no necesitan mano de obra humana y que al ser ya dueños de todo, ni siquiera les serviremos como consumidores aun cuando tengamos algunos recursos para ello.

Somos simplemente un estorbo.

En estas circunstancias volvemos a repetir lo que señalábamos en marzo de este año, se necesita una política de emergencia, se necesita fortalecer el consumo olvidándose de lo que exige la ortodoxia monetaria, se necesita sostener la actividad productiva y el consumo que nos permita poder mantener la cuarentena y luego recuperar la actividades, tomando para ello la decisión de emitir lo necesario para poner dinero en los bolsillos a la gente común y no  a los bancos y especuladores varios, recalcular tarifas públicas y el precio de los combustibles para estimular la economía, entre otras medidas de carácter urgente.

La deuda externa se debe subordinar a las necesidades internas del desarrollo y al reacomodamiento global en la medida que la misma sea exigible, si en algún momento lo es y no lo contrario como sucede ahora mismo.

El reacomodamiento global llevará algún tiempo y probablemente cuente con episodios muy violentos, es necesario entonces prepararnos para un tiempo muy duro de una manera similar a si fuéramos a entrar en una guerra, y en cierta medida lo es, una guerra por la supervivencia. 

El panorama se presenta en consecuencia como extremadamente complicado, es una tontería pensar que el problema solamente es si la cuarentena debe hacerse o no, eso es un detalle menor, es indispensable tomar medidas serias, sostenibles en el tiempo y que garanticen la supervivencia de los individuos que componen la sociedad, especialmente cuando ya asoma en el horizonte el segundo round de la pandemia y países como Israel vuelven a hablar de tomar duras medidas de cierre. Israel podrá tener miles de defectos, pero indudablemente es un país serio y que siempre está preparándose para sobrevivir.

Para encontrar soluciones al preocupante panorama que tenemos por delante hacen falta políticos con dotes de estadistas, que comprendan lo que sucede en el mundo y que se atrevan a tomar medidas necesarias para sobrevivir.

Ya ni tiempo ni espacios para tibiezas e incomprensiones.

Marcelo Ramírez
Analista Geopolítico
Autor de los libros:
«Cómo Putin puso de pie a Rusia Historia, tradición, pensamiento y orgullo para unir una nación».
«De la geopolítica clásica a la geopolítica moderna:
El pensamiento de Mohammad Farhad Koleini».

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