¿La última oportunidad?

Por Marcelo Ramírez

Pocos dudan ya de que estamos ante un hecho intenso, profundo y que hace temblar las bases en donde se asienta el sistema global político, económico y social, probablemente el mundo que aparezca ante nuestros ojos sea diferente, más justo o menos justo, eso está por verse, pero diferente sin dudas.

Esto tiene una importancia radical porque se presentó una ventana histórica que posibilita un cambio real de las condiciones de vida como consecuencia del estallido de un modelo que ya venía con serios problemas, una oportunidad única no en nuestras vidas sino en la vida de muchas generaciones, porque este tipo de cambio se da una vez cada tanto, muy de vez en cuando.

Pero la oportunidad se presentó en un momento paradójicamente muy poco oportuno, nos alcanzó en medio de un proceso de destrucción masiva de la conciencia nacional. Las sociedades hoy tienen una aplastante mayoría de gente que trabaja y vive su vida a las espaldas de la política, mientras que el ámbito donde se toman las decisiones y quienes se interesan cotidianamente por las mismas, es reducido.

La política en términos amplios, ese espacio donde intervienen protagonistas de lo que entendemos como actores políticos manifiestos a los cuáles debemos sumar otros poderes reales como los económicos y culturales, son quienes, en realidad toman las decisiones sobre el rumbo del país, así ha sido en el pasado y es en el presente, probablemente también lo sea en el futuro.

Esto cuestiona esa visión naif de democracia donde la participación de la voluntad popular es importante y fundamental.

A diferencia de lo que solemos creer, el pueblo poco participa en las decisiones políticas, es una idea muy romántica pero poco realista. El pueblo, la sociedad en su conjunto, suele permanecer ausente de la política cotidiana y de los grandes cambios, solamente es llamado a escena cuando algún grupo rupturista con el orden anterior decide quebrar el status quo y necesita contar con un apoyo extra para torcer el brazo de quienes en ese momento aún tienen el poder.

Allí entonces aparecen las grandes movilizaciones populares, pero a lo largo de la historia también hemos visto que luego del cambio de manos en el poder, quienes ocupan las posiciones de decisión no provienen, en su mayoría, de los sectores populares más empobrecidos que son utilizados como banderas, sino que su extracción corresponde a sectores cultivados que han tenido oportunidades de estudios y dedicación a temas referentes a la política.

Esto sucede independientemente de cuán nobles sean sus ideas, quien tiene la capacidad de expresarlas y transformarlas en un sistema de acción que pueda llegar a tomar el poder pertenece a estos grupos minoritarios.

Cualquier líder revolucionario, salvo escasas excepciones, han tenido una vida medianamente acomodada que les ha permitido pensar en algo más que comer y acceder a herramientas intelectuales que le permiten sistematizar ideas que luego se transforman en algo palpable. Esto prácticamente excluye a las grandes mayorías históricas en las que su único interés era sobrevivir mientras observan como espectadores las tomas de decisión que regirán sus vidas. Ni siquiera se plantean la posibilidad de intervenir, la cosa pública es algo ajeno, lejano.

Sin embargo, algunos fenómenos comienzan a incidir en el comportamiento histórico, la tecnificación y el incremento exponencial de la capacidad productiva impulsó a que cada vez más personas pudieran salir de la lucha diaria para alimentarse y se transformen en una clase media con otras preocupaciones y llegar a preguntarse sobre las razones que hacían que algunas personas tengan más oportunidades de acceder al poder y a la riqueza que otras, y la clase social era un factor determinante. 

Esto puedo llevar a un proceso peligroso, con los años y la facilidad de estudios potenciados por el acceso a la información que multiplica el peligro, hizo que las élites tuvieran que diseñar mecanismos de contención de un probable proceso revolucionario que cambiara los actores de la política.

Hoy contamos con la población más alta de la historia en términos de personas alfabetizadas y de profesionales egresados de casas de altos estudios, sin embargo, lejos de producirse un proceso revolucionario, el sistema generado por las élites que manejan las grandes decisiones ha terminado por esterilizar cualquier proceso de cambio dónde las masas siguen sumidas en temas menores gracias a la presión del aparato cultural que les ha dado temas inocuos en que pensar y pasar el tiempo.

Más allá entonces de los cambios tecnológicos, económicos y culturales que se han producido, la esencia del juego no cambió, solo una pequeña minoría se interesa por la política en mayúsculas y tiene herramientas para actuar, el resto se distrae con temas menores.

La expectativa de cambios sociales positivos para las mayorías descansa en una pequeña minoría que históricamente llevaba esperanzas de cambio revolucionario. La cuestión es que esas minorías interesadas y con acceso carecen de la formación adecuada para comprender lo que subyace por fuera de las formalidades. Esto ha desnudado un problema muy serio que es que no hay una formación política profunda que comprenda cómo funciona el sistema sociocultural y económico en el mundo.

Hoy los sectores asociados a los dueños del poder se deben enfrentar con el aparato de la militancia política, único sector interesado en un cambio político, pero éste último al carecer de una comprensión profunda de los mecanismos de sujeción y aún de los objetivos finales de las elites, no son capaces de discernir lo que sucede y terminan siendo manipulados por ellas en un juego de pinzas.

La escasa formación se suma a la habitual ambición propia de la esencia humana, esta falta de comprensión es fruto de la incapacidad para tener una formación crítica en economía, historia, sociología, tecnología, filosofía y un largo listado de cuestiones esenciales para tener una formación completa.

La militancia contemporánea se ha transformado entonces un símil de un hincha de fútbol que apoya una camiseta con el corazón y tienen una serie de eslóganes para debatir con otros hinchas para demostrar que sigue al mejor club del mundo, sin importarle en realidad la evidencia de que sea cierto o no lo que dice, de que el camino seguido sea el esperado, sino que lo guía el corazón, no la razón.

Hoy la militancia es una hinchada que grita, ovaciona, pone “huevo”, da la vida por su club, en este caso su organización política.

Y eso es un problema, porque divide el mundo en propio y extraño donde lo propio es lo mejor y lo extraño lo malo, un binarismo destructivo. Necesita una bandera que le dará el político que es consagrado como líder de su espacio, al que entonces seguirá como a un astro de fútbol, una celebridad del cine o la tv en forma acrítica e irreflexiva.

El militante se ha transformado entonces en un fan, apoyará todo lo que su líder diga porque no encuentra razones para contradecirlo, pues en el fondo nunca ha comprendido el mismo las razones por las que actúa, como tampoco tiene claro el objetivo final más allá de eslogan del caso.

Por ello y al no comprender la profundidad real de los cambios, al no ver que salta por los aires el sistema financiero, que las economías se van a cerrar, que el comercio internacional se reducirá y solo habrá espacios para materias primas y alimentos, la estrategia actual debe ser repensada.

El cambio productivo que se acelera modifica las relaciones laborales, cada vez será menor la concentración de trabajadores en un mismo espacio y los mismos serán reemplazados por máquinas y sistemas de IA que harán su trabajo con mayor eficiencia y velocidad.

El mundo marcha hacia un modelo tripartito, con potencias regionales en ascenso y eso generará más inestabilidad política, pero a la vez mayor capacidad de maniobra porque el abanico de alternativas se amplía.

Cobrar conciencia de que la cuestión financiera que nos abrumó no es prioritaria, que se deben apuntar a desarrollar tecnologías de vanguardia, priorizar el mercado interno y sobre todo entender de una vez que no se puede seguir con política de promoción de empleos como hasta ahora porque el cambio produce una destrucción imparable, no de los bienes y servicios ofrecidos sino de los empleos necesarios para ello.

Esto es la clave, no tenemos forma de crear empleos en la cantidad necesaria porque la destrucción tecnológica es superior y solo se profundizará con el tiempo. Corremos desde atrás algo que nunca vamos a alcanzar, por lo que mientras se trata de preservar lo que todavía existe hay que ir pensando en el futuro irrefrenable, 

Debemos comprender entonces que vamos en el sentido contrario, deben ser menos las horas trabajadas sin que ello signifique menores salarios, hay que cambiar la lógica de invertir en tecnología para ahorrar sueldos, que es lo que vienen haciendo todas las grandes compañías.

La centralidad debe pasar por discutir que estamos en una Nación donde todos somos parte y los beneficios en el futuro no vendrán más por el trabajo individual sino por la producción colectiva altamente desarrollada.

Eso determinará que esta sea la discusión central, a corto plazo tendrán espacios para políticas de reactivación necesarias y más clásicas, pero un proyecto de país a mediano plazo requiere desarrollar estas ideas donde el trabajo disminuirá y la competitividad la dará la tecnología alcanzada, por ello y para que se pueda tener un modelo más justo socialmente y sustentable en el tiempo, es necesario rediscutir cuestiones que el liberalismo solamente debate desde una óptica mezquina y ciega; participación salarial en el PBI, baja en la edad jubilatoria, más vacaciones deben aumentarse para suavizar el aterrizaje a una sociedad sin trabajo humano relevante que ya se avizora.

Para poder luchar por este futuro ya próximo necesitamos que esa minoría política reaccione y comprenda lo que sucede, el poder desde una lógica creativa ha puesto en marcha una nueva base ideológica enfocada hacia ideas distractivas y divisoras que corroen la trama social impidiendo una respuesta colectiva coordinada.

Esas nuevas ideas que suplantan la vieja disputa por la economía, han fragmentado el campo que potencialmente debía ser el que luchara por un mundo económicamente más justo, han virado hacia debates irreales que seguramente en algunos años se verá ridículamente increíbles y han paralizado cualquier posibilidad de cambio profundo.

El absurdo de desconocer verdades absolutas como que hay dos sexos, confundiendo con un retórica caprichosa un hecho natural para transformarlo en un sinfín de géneros que en otra circunstancia solo llamaría a risa, ha dado pie a distintas políticas conexas que se han transformado en un dique de contención que desvían la energías políticas que esa minoría contestataria debería tener para balancear el poder en las sociedades hacia una posición que no representa ningún desafío al poder mientras que divide a quienes lucharán por algo diferente.

En estas circunstancias la falta de formación política que hemos mencionado al principio de estas líneas ha sido la causa principal por la cual no se comprende lo que realmente está en juego, cuáles son los bandos y que hay que hacer, cargando contra el espantapájaros que el poder ha construido y financiado generosamente.

Esta pandemia ha conmocionado los cimientos de la sociedad y es una inmejorable oportunidad de un cambio revolucionario en la manera de concebir la sociedad, sin embargo, esta posibilidad está pasando de largo cuando vemos que la crisis en lugar de posibilitar un replanteo de la organización social sólo profundiza las diferencias hasta un punto inimaginable.

Allí hace falta esa minoría activa llena de buenas intenciones que debe comprender lo que está pasando, si esto no sucede será mucho más difícil y traumático un proceso más socialmente más justo y sostenible como nación.

Analista Geopolítico
Autor de los libros:
«Cómo Putin puso de pie a Rusia Historia
tradición, pensamiento y orgullo para unir una nación»
«De la geopolítica clásica a la geopolítica moderna:
El pensamiento de Mohammad Farhad Koleini.

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