La construcción de un nacionalismo de inclusión.

Por Darío Minskas:

Frente a la situación de crisis regional nos hacemos esta pregunta a fin de conseguir una respuesta al nacionalismo xenófobo que parece asomar en otras latitudes. Hay quienes nos acompañan también desde sus propias cosmovisiones, desde sus perspectivas y organizaciones. Quienes generosamente se animan a responder nos señalan algunos términos que van surgiendo con el debate y se van elaborando conceptos o nuevas categorías.


Al reconocernos como parte dinámica del pueblo argentino nos observamos a nosotros mismos ya sea como parte de los pueblos originarios o como desplazados, como despojados o en el desamparo. Lo cierto es que el nacionalismo surge en parte como mecanismo de defensa frente a un ataque determinado. Pero un nacionalista no se coloca en el lugar de víctima porque sabe que desde allí no va a cambiar su condición. Se necesita algo más, algo superador, por lo que comenzamos  por entender la naturaleza intrínseca del atacante y sus fines, para poder generar una causa que pronto se convierta en gesta. No importa del pueblo del que se trate. Lo primero que intentará quien pretende dominar es despojar al dominado de sus valores, sus bienes y las costumbres que constituyen su identidad.


Luego podrá imponer su voluntad para que el habitante y su familia se fragmenten y dejen su lugar. La historia nos muestra poblaciones completas desplazadas desde distintos continentes o regiones. El pueblo argentino es un pueblo nuevo producto de ser desplazado. Nadie es de acá. Hasta a los pueblos originarios que no fueron masacrados se los transplantó. Y si hay una parte de ellos sobre el que no se logró su desplazamiento se los combate para que no puedan reconstruirse, incluso en nombre de algún apoyo aparente.


Entonces nos encontramos en un momento histórico en el que los que ya han sido despojados de sus usos y costumbres y desplazados de sus territorios, quedan desamparados frente a un poder que no está interesado en otra cosa que aumentar la tasa de ganancia y apoderarse de más y más bienes. Se trata siempre de un interés foráneo con socios locales que expresan brutalmente su desprecio por las clases populares y la que aquellas representan. Así se configura el desamparo de quienes por alguna razón han tomado nota de su situación frente al poder y sabe que su suerte pende del hilo de la voluntad de quienes se encuentran al mando.

Cuando los pueblos toman conciencia de estos tres elementos y reconocen su condición de desplazados, despojados y desamparados desde su subjetividad individual, sin importar tanto su condición social, comienzan a vislumbrar y construir una salida. Esa salida ya no puede surgir de un individuo aislado sino de la sumatoria de quienes van encontrándose en la alteridad, en la comunidad. La comunidad implica una coincidencia temporo-espacial y un mecanismo de organización.


Los espacios son aquellos en los que naturalmente se produce el encuentro entre las personas para realizar su actividad diaria ya sea en instituciones formales o en la informalidad, en lo concreto o en lo espiritual. En los últimos años las redes sociales han permitido construir este tipo de interconexiones que van de lo virtual a lo real. Para señalarlo en términos orgánicos los sectores que se reconocen entre si van formando racimos interconectados por la planta que les ha dado origen y que conforman la viña en su identidad comunitaria. La comunidad, para ser tal debe hacer prevalecer los valores culturales propios de cada región por sobre el interés del individuo para poder conformar un pueblo. El principio rector de la existencia de un pueblo es justamente el de identidad. Es así como la red natural genera los frutos suficientes para que su maduración nos provea de alimento y alegría mediante el trabajo.


La viña nos exige cuidado y participación colectiva y nos incluye sin excepciones dado que cada racimo suma al todo y nos permite eludir en forma eficiente la fragmentación mediante divisiones artificiales de raza, credo o género. Nos sitúa en el bien supremo entendido como bien común.
Pero ese bien común al que se alude en términos prácticos debe ser entendido desde las dos dimensiones en las que los seres humanos nos movemos: el de las necesidades materiales y las espirituales. Hay ejemplos claros de modelos que no se distraen de ninguna de las dos facetas de las que los hombres y mujeres estamos hechos en toda la América latina y mestiza, el mundo ibérico y sus áreas de influencia. Dos de esos proyectos han sido probadamente existosos y son “La comunidad Organizada” y el concepto constitucional del “Buen Vivir” puesto de manifiesto en la redacción de la constitución de la República plurinacional de Bolivia o la de Ecuador, solo por mencionar alguno de ellos.


Muchos de nosotros, dentro de la búsqueda de un Proyecto Nacional que nos contenga, nos consideramos nacionalistas en los términos aquí expresados. Somos parte del único Pueblo Nuevo que es el de las Américas; en caso de quien suscribe y otros compatriotas judíos hemos dejado atrás el concepto de diáspora judía para sentirnos parte exclusiva de la nueva construcción; lo hacemos tendiendo puentes con las otras religiones abrámicas y con los cultos y creencias de cada pueblo que conforma el continente  mediante el respeto a las mayorías para conducir nuestra identidad y a las minorías para integrarnos en forma conjunta.


Nos motoriza el Trabajo como la categoría que nos expresa tanto en su dimensión espiritual como en la dimensión material. Todos trabajamos. Todos necesitamos trabajar. Algunos lo hacemos para proveernos el sustento, otros para alimentar el alma o para trascender. Es desde el trabajo que socializamos. Desde la infancia nos dedicamos a aprender para luego trabajar. No importa cuál sea la labor. Nadie escapa a la necesidad de sentirse pleno mediante el ejercicio humano de la capacidad de transformación no solamente de las cosas sino del futuro, de los principios y valores que nos sostienen y los que nos van a sostener.
Al desamparo, al desplazamiento y al despojo se le responde con la generación del trabajo en todas sus facetas: el espiritual o el físico, el intelectual o el práctico, la teoría o la técnica.
Somos lo que hacemos, lo que damos, el trabajo define nuestra función y nuestra identidad. De hecho la mayoría de los apellidos en varias culturas lejanas entre sí, son el nombre del oficio o profesión de una persona. Lo que damos nos define.


De alguna manera el Nacionalismo argentino de inclusión reconoce el trabajo como centro de nuestras vidas, como el elemento que ordena a la familia, a la comunidad y a los pueblos. Cuando nos roban, lo que vienen a robarnos es su resultado. Nacionalismo de inclusión es no permitir que se queden con nuestro esfuerzo. Empero, si el nacionalismo surge solamente como mecanismo de defensa frente a un ataque determinado debiéramos admitir que los nacionalistas somos todos reaccionarios, ya que nuestro origen sería una reacción a la acción de otro.

Por el contrario, la nación y la adscripción a ella -el nacionalismo- poseen una condición mucho más digna. Para empezar, la nación es un símbolo, o sea una estructura de significación capaz de albergar muchos significados diferentes. Estos significados conforman el sedimento que en su largo trajinar, la historia ha depositado en este símbolo. La cuestión principal es la siguiente: dichos significados pueden ser «retrospectivos» (p. ej. el nazismo) cuando buscan preservar a esa nación de toda suerte de barbarie espoliadora de su impoluta naturaleza, o «prospectivos», cuando por el contrario, representan una gesta, una tarea a realizar, una causa, un futuro por ganar, como lo hicieron San Martín (nación como puro sentido del futuro posible), Rosas («causa nacional de la Federación»), Yrigoyen (una nación democrática) o Perón (una nación justa, además de libre y soberana).

En consecuencia y contra todos los que dudan acerca de si los nacionalistas somos originarios o no, la respuesta es afirmativa, ya que «somos originarios de la nación». Es decir, basta con adscribir a la nación para ser originario de ella. Surge entonces definir a partir de cuál de sus vertientes de significación se realiza dicha adscripción, si a las retrospectivas, para darla por concluida y dedicarse a protegerla de los recién llegados que quieran alterarla con sus nuevos e ilegítimos propósitos, o a las prospectivas, porque consideramos colectivamente que tenemos una misión a cumplir y apelamos a la nación como fuente de sentido para significar nuestra causa futura.

 Si optamos por esta segunda posibilidad, convocamos a todos, los viejos y los nuevos, los feos y los lindos, los negros y los blancos, a seguir construyendo la nación, a todos los que se quieran hermanar en la causa común y marchar con ellos hacia la victoria para dar a la patria una nueva y gloriosa nación, tal como lo hicieron San Martín, Rosas y Perón. El nacionalismo se hace inclusivo con la gesta que requiere del conjunto del pueblo para ser cumplida. De lo contrario, el término “inclusivo” puede convertirse en pura fantasmagoría, ilusión narcisista de un ego sustentado en delirios propios, como ocurre sobre todo con quienes desde lo nacional y popular se definen como progresistas.

Los mecanismos de defensa aludidos si bien existen y se fortalecen en un nacionalismo sano, no son en sí la fuerza fundante sino que representan el ingrediente que consolida la argamasa.

Ahora bien, si un pueblo convive pacíficamente con otros no se genera el mecanismo que exige la respuesta social unívoca. Por eso los elementos iniciales que generan la necesidad están dados por la existencia del conflicto, de la identificación en la causa y de la existencia de la necesidad de darle respuesta. Como dice Ihering, el derecho es lucha y la lucha surge de los intereses contrapuestos. No es una abstracción. Cuando esos intereses contrapuestos son excluyentes entre sí, nace el sistema ideológico que intente superarlo. Los marxistas lo llaman lucha de clases, los peronistas se (nos) colocan en la Tercera Posición y combaten el capital, los xenófobos le achacan el problema a un tercero y pretenden eliminarlo.

El trabajo como sostén de la cohesión social:

El nacionalismo de inclusión se apoya fundamentalmente en el concepto de “Trabajo”, pensado como cualquier actividad humana de transformación de la realidad y no tanto desde aquella cita bíblica que dice: “ganarás el pan con el sudor de tu frente”.  Si vamos a las raíz etimológica de la palabra trabajo nos encontramos que viene del latín “tripalium”, un elemento de tortura de tres palos donde se ataba a los reos. Luego vino la concepción del trabajo asalariado, o sea la retribución en cantidades de sal para conservar los alimentos a quienes realizaban trabajos físicos antes de la aparición de la moneda y como avance sobre el trueque.

La visión sobre el trabajo se modifica en función también del cambio tecnológico dado que la mano de obra directa va cediendo terreno a la máquina desde la edad de hierro, pasando por la revolución industrial y llegando a la computadora en este final de la modernidad que estamos transitando. Hoy el concepto de trabajo para el nacionalismo inclusivo es uno de los conceptos que hacen a la dignidad humana tanto en su dimensión espiritual como en lo material. Dimensión que se extiende a cualquier persona que realice una actividad que implique transformación, obra o actividad física o intelectual. Hay una sola clase de hombres, los que trabajan, dice el General Perón.

El idioma se transforma con el correr de los tiempos, se resignifica y su uso lo convierte en algo totalmente distinto a su etimología inicial. Pasamos de la tortura del tripalium a la dignidad de los hombres que no son parasitarios, que aportan a la comunidad desde su individualidad. A quienes no trabajan se los llama lúmpenes u oligarcas generándose un disvalor respecto a quien no realiza ninguna actividad, mientras que en la antigüedad se decía que el “negotium” era la negación del “otium”, (o sea que para llegar al ocio creador había que dedicarse a los negocios).  Los jubilados son quienes después de haber trabajado lo que la ley les exige, llegan al merecido descanso como reconocimiento a la tarea realizada durante toda una vida. Por ello son merecedores de respeto y se les otorga una retribución.

Hoy el trabajo se halla en riesgo en virtud del avance tecnológico. Por eso se termina convirtiendo en un valor indispensable por defender, al igual que el concepto de Comunidad, el de Pueblo y el de Nación, dado que el proyecto de fragmentación globalista pretende quitarnos estos valores evitando que nos reconozcamos entre nosotros para que simplemente respondamos a la norma que pretenden imponernos de ser “ahoristas”.  Como dice la publicidad quieren que disfrutemos el ahora consumiendo cosas que tal vez ni siquiera necesitamos y olvidemos nuestra pertenencia social y comunitaria.

Por eso en nombre de los cultos monoteístas que representan a este occidente en decadencia, es que queremos que la palabra nacionalismo pierda no solamente su xenofobia sino que pierda también su odio hacia otras ideologías que tienen elementos para ofrecer. Ahí lo tienen al marxista italiano Fusaro defendiendo desde el ateísmo,  la religión, a la espiritualidad y a la familia y escapándose hábilmente del estigma derecha/izquierda.

La idea de trascendencia recorrió toda la historia de la humanidad. En Occidente  quedó demasiado atado a la idea de progreso económico ligado a la ideología derivada del protestantismo que hizo de la acumulación económica la forma de llegar al Creador. Nosotros vamos por otro lado. Creemos en que el amor al Pueblo es el camino y el pueblo no es otro que aquel con el que hemos crecido, con quienes nos sentimos identificados y con quienes adquirimos costumbres en común, aportando desde nuestras particularidades.  A la historia, a los signos, al lenguaje, se los resignifica en virtud de una necesidad común o de un proyecto colectivo. Si viene de arriba, es una imposición para dividir y si se los rechaza por su significado diferente a lo largo del tiempo, se cae en  un conservadurismo que puede traducirse en un odio tan dañino como la xenofobia. 

La falacia del nacionalismo xenófobo.

Ya hemos hablado entonces de estas categorías del nacionalismo de inclusión. Ahora vamos a dedicarnos a ciertas falacias utilizadas como bandera por el nacionalismo xenófobo y su pariente cercano, el nacionalismo de exclusión. Vamos primero a la definición lisa y llana de algunos conceptos.
La Xenofobia es en sentido estricto, el miedo o rechazo hacia lo extranjero, por lo general expresado hacia grupos étnicos y/o raciales, pero puede existir también en virtud de la pertenencia a una región determinada o a un grupo humano con características diferenciadas. Por su parte, excluir es quitar a alguien o algo de un lugar, descartar, rechazar, negar posibilidades.

La xenofobia pretende hacer de la pertenencia a lo externo un factor de atribución de la responsabilidad genérica e indeterminada sin realizar un verdadero análisis acerca de ese factor de imputación, muchas veces sin siquiera pasar por la revisión de los propios actos.
Vamos a un ejemplo lejano para no herir susceptibilidades: en virtud de las políticas propias del Pentágono y sus intereses, la OTAN destruyó sistemáticamente gran parte del continente africano. Lo expuesto provocó que grandes flujos migratorios partieran de sus lugares originales de residencia hacia las ciudades europeas, a punto tal que algunas de estas ciudades tienen enormes poblaciones africanas. A su vez los pobladores originarios entienden que gran parte de sus males provienen de estos flujos migratorios que los han «invadido».
Esta falacia tan fácil de establecer y desenmascarar coloca a alguien sin poder en un lugar sustitutivo. No se reconoce al causante o la causa y se señala solamente el efecto. Hay responsables concretos de generar ese malestar en poblaciones enteras. Los medios de comunicación son en gran parte responsables de la falacia como portadores de mensajes que tienen como fin la fragmentación popular.


Entonces, en lugar de reclamar la reconstrucción de los lugares destruidos por la propia dirigencia europea y pedirles a ellos las explicaciones del caso como responsables de sus perjudiciales decisiones se pretende la atribución de dicha responsabilidad a quienes simplemente migraron para salvar sus vidas y las de sus familias.
La característica principal de este tipo de nacionalismos es la atribución de la calidad de enemigo a quien no tiene posibilidades concretas de resultar un factor de poder concreto. El mecanismo es sencillo: se toma una parte por el todo y entonces si existen tres banqueros judíos pues todo aquel a quien se pueda atribuir la calidad de judío merece castigo en virtud de los tres banqueros. Si se trata de pueblos de naciones limítrofes, se los acusa de agotar algún tipo de recursos laborales, educativos o económicos.

El nacionalismo xenófobo y su pariente menor el nacionalismo de exclusión comparten un «síntoma» muy particular, que es el de señalar para distraer. Se señala un grupo de desplazados para esconder a los verdaderos responsables, quienes ejercen el poder real. Estos dos ejemplos son bastante fáciles de reconocer. Pero qué pasa cuando entre sectores populares se instala el estado de sospecha. El resultado es a veces peor porque resulta más difícil hallar un responsable. En este caso debemos partir de la idea de que casi todos obramos de buena fe y somos instrumento de alguien que nos manipula. Por eso el diálogo es necesario incluso (o más aun) entre sectores populares que se tienen desconfianza. Nosotros observamos a menudo la desconfianza que surge en forma permanente, hoy un poco atenuada,  entre distintas vertientes dentro de los sectores populares.

 La respuesta del nacionalismo inclusivo a la diversidad.

A continuación transcribimos un fragmento del discurso de Juan D. Perón del 12 de octubre de 1947: “…Para nosotros, la raza no un concepto biológico. Para nosotros es algo puramente espiritual. Constituye una suma de imponderables que hace que nosotros seamos lo que somos y nos impulsa a ser lo que debemos ser, por nuestro origen y nuestro destino. Ella es la que nos aparta de caer en el remedo de otras comunidades cuyas esencias son extrañas a las nuestras, pero a las que con cristiana caridad aspiramos a comprender y respetamos. Para nosotros, la raza constituye nuestro sello personal indefinible e inconfundible. Para nosotros, los latinos, la raza es un estilo. Un estilo de vida que nos enseña a saber vivir practicando el bien y saber morir con dignidad. Nuestro homenaje a la madre España constituye también una adhesión a la cultura occidental. Porque España aportó al Occidente la más valiosa de las contribuciones: el descubrimiento y la colonización de un nuevo mundo ganado para la causa de la cultura occidental. Su obra civilizadora cumplida en tierras de América no tiene parangón en la historia. Es única en el mundo. Constituye su más calificado blasón y es la mejor ejecutoria de la raza, porque toda la obra civilizadora es un rosario de heroísmos, de sacrificios y de ejemplares renunciamientos. Su empresa tuvo el signo de una auténtica misión. Ella no vino a las Indias, ávida de ganancias y dispuesta a volver la espalda y marcharse una vez exprimido y saboreado el fruto. Llegaba para que fuera cumplida y hermosa realidad el mandato póstumo de la Reina Isabel de “atraer a los pueblos de Indias y convertirlos al servicio de Dios”. Traía para ellos la buena nueva de la verdad revelada, expresada en el idioma más hermoso de la tierra. Venía para que esos pueblos se organizaran bajo el imperio del derecho y vivieran pacíficamente. No aspiraba a destruir al indio sino a ganarlo para la fe y dignificarlo como ser humano…”.

El fragmento transcripto y todo el discurso en sí es motivo suficiente para producir un cisma irremediable entre hispanistas e indigenistas. Aquí le vamos a dar una vuelta de tuerca incluyente al asunto. En oportunidad de un viaje familiar al visitar uno de los lugares más bellos del mundo llamado Cusco y su vecina Macchu Picchu aprendimos que el pueblo peruano encontró la síntesis por las que aquí todavía discurrimos en vano, aunque en este discurso de Perón esté la clave. Una joven peruana nos decía frente a la Catedral cusqueña lo siguiente: «…cuando nosotros ingresamos a rezar aquí, primero tocamos el huevo de Viracocha (una gran piedra color gris oscuro) pidiéndole disculpas y en señal de solicitarle permiso para rezarle a Cristo, que es nuestra creencia actual. Hemos reconciliado lo ancestral con lo adquirido haciendo sincretismo…».  Somos parcialmente un pueblo que nunca terminó de bajarse del barco y sigue mirando a Europa y somos los que ya estaban aqui. Por eso si bien el peronismo como construcción popular puede ser el camino desde lo político, tiene que serlo definitivamente desde lo filosófico y para eso le falta llegar a muchas instituciones como la universidad, que le es bastante refractaria.


Hay que ser serios. La hispanidad pudo vencer frente a lo ancestral porque los pueblos de América, como todos los pueblos del mundo, tenían serias contradicciones. En el sur habían prevalecido los Incas esclavizando los demás pueblos. Por eso se le reza a Viracocha y no a los dioses incaicos y hay un enorme monumento a Pachacútec por haber sido el Inca que mayor esplendor produjo. Para agregar otro elemento simbólico, descansan en la Recoleta los restos de quien llegó a las Provincias Unidas del Río de la Plata para convertirnos en una monarquía incaica, Juan Bautista Tupac Amaru, hermano de Gabriel, solución política promovida por Manuel Belgrano y José de San Martín. De todo esto estamos hechos.

Dario Minskas
Analista político

Nota realizada con la colaboración del Dr. Dr.Alejandro Köhl y Javier Ntaca.

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